A veces uno piensa que lo ha visto todo… hasta que llegan los franceses.

Ayer, por ejemplo, aterrizó en Mas Torrencito una pareja que parecía sacada de una comedia surrealista, pero sin el guion, sin ensayos… y sin gracia. Llegaron dos horas antes de lo previsto, porque claro, la puntualidad es para los mediocres. Yo, como buen anfitrión, sonriente y dispuesto a enseñarles todo con cariño. Ingenuo de mí.

Les enseño el bar. Ella mira para otro lado. Les muestro las cervezas, y ella “¡Refrescos!”, les muestro los refrescos, y “¿Y el vino?”, saco el vino, y “¿Y el desayuno?”… ¡Madre mía! Era como jugar al trivial con alguien que responde preguntas de otro juego.

Y yo con mi mejor cara de “todo bien, todo correcto, y yo que me alegro”, mientras el hombre, que parecía más majo, le pedía que se callara en un idioma que ni Dios entendía ya.

Salimos al patio y de repente me suelta un grito —literal, un grito— que casi me hace saltar el alma del cuerpo. Yo con cara de conejo asustado y ella preguntando si los perros “muerden y atacan”. ¿Perdón? ¿Estamos en un safari? ¿En Jurassic Park? ¿Dónde cree que ha venido, a una casa rural o a la jaula de los leones?

Le traduzco con Google: “¿¿Les han atacado o mordido desde que han llegado??”. Respuesta: “No”. Claro, señora, porque no lo hacen. Porque son perros, sí. Pero educados. Cosa que, visto lo visto, algunas personas no.

Los franceses maleducados

Ya estaba por escribirle también en el traductor: “Y las personas, ¿muerden e interrumpen siempre así?”, pero me contuve. Porque uno es rural, sí, pero diplomático.

Cuando por fin llegamos al comedor, nuevo episodio del show: “¿Qué hay de desayuno? ¿Tienen leche de unicornio? ¿Croissants traídos desde París a lomos de un caracol francés?”. ¡Pero señora, si aún ni se han quitado los zapatos!

Les enseño la habitación. Por supuesto, habían reservado la más barata, pero ella, que tenía la agilidad de un saco de patatas relleno de arrogancia, no cabía ni en su propio ego. Así que les ofrecí una con terraza, a ver si el aire le bajaba los decibelios.

Finalmente dicen que no cenarán aquí. Que se van a Figueres. Allá cada cual con su karma. Me despido amablemente y me voy a la cocina. Cinco minutos después, tocan a la puerta. El hombre me enseña el móvil con un mensaje digno de Premio Nobel de Desaire: “No le gusta. Nos vamos”.

Así. Como si fueran estrellas Michelin que no han encontrado su nivel de sofisticación entre perros felices, olivos y campo.

Me asomo por la ventana y él ya estaba en el parking. Ella iba por mitad del camino, tambaleándose como si el alma también se le hubiera ido del cuerpo… pero sin prisa, ni perros, ni dignidad.

Y sí, se fueron. Y yo respiré. Hondo.


Reflexión final:

A veces creemos que los perros son los que deben llevar correa. Pero no…
A veces sería mejor ponerle bozal al ego, correa a los modales y chip a la empatía.
Porque si vienes al campo esperando protocolo de hotel cinco estrellas, sin respeto, sin escuchar, sin abrirte al lugar… quizá el problema no es el sitio. Es que llevas demasiado ruido dentro como para escuchar el silencio bonito del entorno.

Y oye… que a veces, vale más estar vacío… que lleno de quien no sabe estar.🐾

Desde MasTorrencito te deseamos un buen día y que tus perros te acompañen!!!!

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