— Vaya tela, Mastitwo… vaya días llevamos, ¿eh?
Mastitwo levanta la cabeza, bosteza, y vuelve a ponerla sobre sus patas. Ese gesto suyo de “yo aquí solo observo, tú te agobias solo”.
Yo que pensaba que iban a ser unos días tranquilos. Que la cosa iba a fluir. Que por una vez, el universo me iba a dejar en paz. Qué iluso.
Porque claro, empieza a llover… pero no a llover “normal”. No. Lluvia de esa de la que hace ruido incluso dentro de casa, que retumba, que golpea ventanas, tejados, canalones… lluvia de la que sabes que va a traer problemas antes de que los problemas lleguen.
Y así fue. Porque cuando aquí llueve fuerte, el caos empieza a desplegarse. Es como una cadena de fichas de dominó. Si no salta un diferencial, salta otro. Si no es la calefacción, es la luz. Y si no, es el agua. Siempre hay algo que falla. Siempre.
— Esto es una guerra, Mastitwo. Yo contra la casa. A ver quién aguanta más.
Él me mira de reojo y se cambia de postura. Ni caso. Claro, él duerme igual aunque todo se esté viniendo abajo.
Y por si fuera poco… la lavandería.
Porque claro, llueve y tú, querido perrazo, decides que es buena idea revolcarte en el barro. Una, dos, tres veces. Sales a mear, vuelves con medio campo pegado a las patas. Y claro, en un despiste… ¡zas! a la cama. A LA CAMA. Y no a una colcha cualquiera, no. A los edredones grandes, los de 2×2, los gordos, los de invierno.
— Pero tío… ¿en serio?
Mastitwo ni se inmuta. Se echa panza arriba. Encima orgulloso.
Y ahí me tienes el domingo y el lunes: lavadora va, lavadora viene. Aparte de las habitaciones normales, seis edredones gigantes, llenos de huellas de barro. Y el barro, ojo, que no se va así como así.
— Ni la sangre cuesta tanto, te lo juro.
Se lo digo mientras intento quitar una mancha con quitamanchas triple acción, frotando como si estuviera lijando una puerta.
Las lavadoras no han parado. Literal. Una tras otra. Secadoras igual. Me faltaba colgar una toalla del cuello y ya parecía el encargado de una tintorería industrial.
— Pobres máquinas, nos van a denunciar por explotación.
Y claro, como aquí las desgracias no vienen solas, lo del agua tenía que llegar.
Ayer. 4:30 de la mañana. Me levanto. Medio dormido, pero con el piloto automático puesto. Bajo a la cocina. Lo de siempre: enciendo la cafetera, abro el cajón, saco las pastillas.
— Mira, Mastitwo. Cinco ya, ¿tú te lo puedes creer? Cinco pastillas al día. Y yo con alma de veinteañero. Pero el cuerpo va por libre, el cabrón.
Mastitwo bosteza fuerte, como para dejar claro que a él la edad no le afecta.
Y justo cuando voy a tomarme el cóctel farmacéutico… abro el grifo.
Nada.
Silencio.
Ni una gota.
— ¡NOOO! ¡No me jodas!
Y ya lo sabes. Cuando no hay agua a esa hora… el corazón se me sube a la garganta. Microinfarto. Sudor frío. Empiezo a repasar mentalmente: ¿las bombas? ¿los depósitos? ¿se habrá fundido algo?
Bajo directo a la sala de depósitos. Abro la tapa. VaciOS. 4.000 litros, desaparecidos. Agua: cero.
Empiezo a revisar todo. Bombas internas: ok. El sensor que detecta cuándo hay que llenar: funcionando. Cuadro eléctrico de casa: todo correcto. Entonces ya solo queda una cosa.
— Vamos al pozo, Mastitwo.
Ni se mueve. Él sabe lo que viene. Y que va a mojarse, seguro.
Me acerco al armario eléctrico del pozo. Luces encendidas, todo aparentemente bien.
— Genial. Ojalá hubiera sido un diferencial. Pero no. Tiene que ser la bomba. Claro que sí.
Y ahí empieza el via crucis.
Son las cinco, sigue lloviendo. Yo en crocks. Miro el armario de las botas. Vacío.
— ¿Dónde están mis botas? ¿Tú las has escondido, Mastitwo?
Él ni parpadea. A veces pienso que lo hace a propósito.
Pues nada, bajo así. Pendiente resbaladiza, crocks que no agarran nada, barro por todos lados.
— Me voy a matar. Lo estoy viendo.
Resbalo. Me salvo de milagro. Sigo bajando. Llego al riachuelo. Lo cruzo. Y justo al pisar… ¡flassshhh! Crocks enterradas en el barro. Una se me queda atrapada. El pie se me sale. Me quedo medio descalzo en el agua.
— Perfecto. Maravilloso. Esto ya es cómico.
Recupero la crock. Cruzo como puedo. Llego al pozo. Abro. Y ahí está: la manguera que conecta la bomba con la tubería, suelta. La bomba, quemada. Fundida. Muerta. 😩
— ¡Tócate los cojones!
No me queda otra. Subo la bomba. La desmonto. Vuelvo a casa. Cojo la de repuesto (porque en esta vida, si no tienes al menos dos bombas de todo, no sobrevives). Vuelvo al pozo. Instalo. Conecto. Vuelvo al cuadro eléctrico. Enciendo.
Silencio.
Y de pronto… el ruido glorioso del agua. Agua llenando los depósitos. Agua a mansalva. 💦
— ¡SÍ! ¡VICTORIA!
Miro a Mastitwo. Él me mira como si dijera “bueno, ya era hora, ¿no?”
Respiro. Son las 6:10. Todo solucionado. Nadie se ha enterado. Como si no hubiera pasado nada.
Porque claro… estas cosas no pasan cuando la casa está vacía. No. Tienen que pasar de madrugada. Con huéspedes. Y lluvia. Si no, no tiene gracia.
Mastitwo se sacude el barro, se tumba en su rincón, y yo me quedo ahí, con los pies mojados, medio temblando, pensando solo una cosa:
— Y aún me queda poner la lavadora del último edredón.
Reflexión final
Supongo que todo esto, al final, no es más que un resumen bastante claro de lo que significa vivir así: en medio del campo, rodeado de naturaleza, gestionando una casa viva que, a veces, parece tener más carácter que uno mismo.
Y no, no es esa vida idílica que algunos imaginan desde la ciudad, con fotos de chimeneas encendidas y desayunos bucólicos. No. Es barro, es humedad, son bombas que se queman, crocks que se hunden, edredones con huellas de perro y lavadoras al borde del colapso.
Pero también es eso: saber reaccionar medio dormido, arreglar una avería antes del amanecer y que nadie note nada. Es esa absurda sensación de orgullo silencioso por haber salvado el día sin que nadie lo sepa. Porque aquí, o aprendes a resolverlo todo tú solo, o la casa te pasa por encima.
Y sí, a veces te preguntas por qué lo haces. Por qué no te fuiste a vivir a un piso con portero automático y calefacción central. Pero luego te das cuenta de que, aunque sea un caos, es tu caos. Y que incluso con barro hasta las cejas y con Mastitwo lleno de huellas, esto también tiene su propio sentido.
Quizá no es tranquilidad lo que uno busca… sino cierta dignidad dentro del desastre. Y oye, si al menos tienes agua caliente al final del día, ya es una victoria.
Desde MasTorrencito te deseamos un buen día y que tus perros te acompañen!!!!
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No cambies nunca,ni la casa ,ni los clientes bordes podran contigo